jueves, 27 de noviembre de 2008

GARIBALDI

Por el Lic Carlos Pacha

En el mes de julio y debido al bicentenario del nacimiento del marino italiano Giuseppe Garibaldi, parte de la comunidad italiana de Córdoba erigió un busto a su memoria en los predios de nuestro Parque Sarmiento. Este acto contó con la autorización respectiva de la Secretaria de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, en un expediente en el que los peticionantes no agregan considerandos a los efectos de avalar su solicitud ni el Ente oficial se los solicitó, este último se limita a preguntar a la Dirección de Parques y Paseos si existe lugar para colocar la mencionada escultura, (pregunta obvia si las hay) y se la ubica a metros del mástil de ingreso, privilegio que le negaron a nuestro gran prócer y gobernador de Córdoba (1820-1829) Brigadier General Don Juan Bautista Bustos.


Nuestra principal objeción obedece al siniestro recuerdo que Garibaldi dejó al invadir las costas litoraleñas de nuestro país a mediados del siglo XIX, hechos que le ganaron el mote de “Chacal pirata” o el de “Chacal de los tigres anglofranceses”, para quienes trabajaba. Para demostrarlo no hay más que remitirse a la documentación de los protagonistas y a los escritos de los verdaderos historiadores.


Su accionar en nuestras tierras discurre con diversos intervalos ya que de acuerdo a la suerte de las armas saqueaba poblaciones o emprendía una veloz huída hacia zonas más desprotegidas y por lo tanto más seguras para el pillaje. Este llamado “héroe de dos mundos” por el liberalismo masónico que pululaba en la época, inicia su raid “libertario” en Río Grande Do Sul, apoyando a la llamada revolución de los “farrapos” contra el poder constituido en Brasil, de ese Estado cismático obtiene patente de corso para, digamos, piratear legalmente.

Luego de enfrentarse con Brasil, lucha a su favor apoyando la invasión a la Banda Oriental, defendiendo el llamado Sitio de Montevideo. En el marco de esos acontecimientos rapiñaba en nuestras costas con la excusa de romper el sitio y abastecer a Montevideo. Sus aparentes dotes militares sólo prosperaban ante poblaciones inermes, cuando tuvo que vérselas contra militares profesionales o cuando no contaba con el apoyo de las escuadras anglo-francesas sus hazañas se esfumaban en rauda fuga. Para citar uno de los ejemplos mencionamos la batalla de Costa Brava (15-08-42), en donde lo enfrentó el ilustre Almirante Guillermo Brown quien le propinó una soberana paliza. Retornó a su patria y volvió exiliado y con pedido de captura por bandidaje, de él decían sus connacionales contemporáneos “Rozzo e di scarsa cultura”, Mitre, en cambio lo consideraba poco menos que un estadista.

Fue herido en el cuello y le salvaron la vida en Gualeguay, curándolo y dándole por cárcel la ciudad, huyó, lo pescaron y finalmente Rosas le concedió la libertad, craso error que trajo más conflictos a la zona ya que como buen pirata carecía de ética y prosiguió en su accionar depredador. Entre otra de sus “hazañas” recordamos la invasión a Colonia a la que intíma rendición, pero el defensor de la plaza Jaime Montoro se resiste. Garibaldi llegaba acompañado por sus “padrinos”, ingleses y franceses. En Colonia robó, asesinó, incendió e incluso agraviaron a Doña Ana Monterroso (descendiente de italianos), esposa del insigne General Don Juan Antonio de Lavalleja. Después le tocó el turno a la isla de Martín García que era defendida por una exigua dotación, donde acometió con los desmanes a los que los tenía acostumbrados, con el plus que se dio el gusto de arriar nuestro pabellón nacional.

Acto seguido asaltó Gualeguaychú, durante dos días pasó a saqueo la población, sobre todo avanzó sobre los comercios a los que despojó, aún cuando la mayoría eran extranjeros y muchos italianos como el “libertador” Garibaldi. En sus partes de batalla el Gral. Eugenio Garzón que marchó a reprimirlo escribía: “ La escuadrilla salvaje del pirata Garibaldi no ha pasado de Fray Bentos pero ha hecho un asalto al territorio entrerriano en el que ha cometido el bárbaro atentado de saquear un pueblo indefenso, que no ofreció ninguna resistencia…” Hasta los partidarios de Fructuoso Rivera consideraban que la escandalosa conducta de Garibaldi los desacreditaba. En todo ese año 1845 prosiguió con sus perversas incursiones, arribó a Paysandú donde fue rechazado por las fuerzas al mando del general Antonio Díaz. El 29 de Setiembre fue a Concordia donde lo alcanzó Garzón rechazándolo, siguió hasta Salto donde algunos desavisados consideran que obtuvo una clamorosa victoria, sólo porque llenó sus alforjas con el botín del saqueo.

Garzón afirma que sus buques navegaban a ras del agua por el peso de las mercancías expoliadas. Era tan grande el estrépito del bochornoso accionar de Garibaldi que el Barón de Mareuil, encargado de negocios de Francia, le pidió a nuestro canciller, Felipe Arana, condiciones para tratar la paz. Acuerdo al que se arribó satisfactoriamente aunque de manera efímera ya que se aproximaba el Combate de la Vuelta de Obligado, del que el accionar del mencionado filibustero había producido sus prolegómenos.

La simpatía por la figura de Garibaldi la instauró en nuestro país el gran timador de nuestra historia que fue Bartolomé Mitre quien no escatimó elogios a la trayectoria de Don Giuseppe o “Pane” que era el nombre con que se lo conocía en las sectas masónicas de Mazzini que integraba. Todo ese panegírico lo justificaba Mitre, sólo porque había luchado contra Rosas, eso lo convertía de facto en un libertador (todo un precursor de Bush). Antes y después de enfrentar a Rosas, Garibaldi luchó en Perú, en México, en la guerra Austro-Prusiana, en Tánger al servicio de Hussein Bey, vendía armas en Canton ( China), recorría Nueva York, Inglaterra, etc. De allí sus apodos de “Héroe de dos mundos” o “Romántico aventurero”, elegante eufemismo con el que se trata de enmascarar su condición de mercenario. Ya que en la misma Italia al comienzo luchaba como republicano y luego se alió a la monarquía.

En fin no quiero agraviar a la colectividad italiana a la que nuestro país le debe tanto por su esfuerzo laborioso para nuestro desarrollo, pero no olvidemos que todos los descendientes de inmigrantes somos grandes deudores de esta Patria generosa que nos cobijó. Los inmensos aportes de la cultura italiana a la civilización universal no deben ser opacados resaltando estas figuras de dudosos antecedentes o al menos son dueños de erigirle cientos de monumentos, pero creo que por ética no deberían emplazarlos en nuestro país, y menos con placas escritas en italiano, ya que hieren nuestros sentimientos históricos, y no deberían olvidar que el principal monumento de nuestro paseo es el de Dante Alighieri, quien verdaderamente es un orgullo para nuestra civilización.

Tampoco deseo malquistarme con las autoridades municipales ya que este tipo de errores también se producen en el orden nacional: En la cámara de diputados de la Nación se aprobó una declaración de adhesión al dicho bicentenario, tramitado mediante expediente No. 2838-D-2007, impulsado por tres representantes de la U.C. Radical de la pcia. de Buenos Aires, los diputados Vilma Baragiola, Patricia Panzoni y Ricardo Jano, con los remanidos considerandos inspirados en B. Mitre. También contó con la adhesión de la cámara de senadores de la Nación, mediante Exp. S-651/07, propulsada por el Senador Pedro Salvatori del Movimiento Popular Neuquino quien en sus considerandos expresa una reflexión realmente desopilante en donde afirma “…sus ideales se convirtieron en una doctrina de vida para muchos italianos inmigrantes…(sic)!!!”

En fin, reflexionemos que nuestro país está huérfano de radares y de controles no sólo en el ámbito aéreo o aduanero sino también carecemos de “radares” culturales ya que las dependencias de los organismos pertinentes suelen estar ocupadas por políticos desvalidos de la instrucción requerida para desempeñar tan trascendentes tareas.

Lic. Carlos Pachá
Fundación Historia y Patria


fundhispa@arnet.com.ar

EL COMBATE DE LA VUELTA DE OBLIGADO


A pesar de la masacre perpetrada y de haber forzado el paso, los invasores cosecharon un grave revés en Obligado. Llegaron con su escuadra hasta Paraguay, pero no lograron el objetivo de abrir la zona al libre comercio.

Por Carlos Pachá Licenciado en Historia. Presidente de la Fundación Historia y Patria

Se conmemora hoy el 162° aniversario de la batalla conocida como “Combate de la Vuelta de Obligado”. En esta casi ignota acción bélica, las tropas argentinas trataron de impedir el paso de la escuadra anglo-francesa, que pretendía forzar la posición y navegar los ríos interiores a los efectos de practicar el comercio directo con las poblaciones ribereñas y , especialmente, abrir una vía mercantil con el Paraguay.

Los unitarios acompañaron la empresa extranjera, obnubilados por su odio a Rosas y buscando su caída y asegurándoles a los invasores que serían recibidos como libertadores. Nada más lejos de la realidad. En febrero de 1843, Oribe sitió Montevideo, intentando recuperar la presidencia del país oriental, que le había usurpado Fructuoso Rivera. El bloqueo de Montevideo perjudicaba los intereses comerciales de Inglaterra y Francia.

En 1845 llegaron a Buenos Aires los representantes de Francia e Inglaterra, con la misión de solucionar el conflicto “por la diplomacia o por la fuerza”. Como Rosas se mostró irreductible a los derechos de Oribe y a la soberanía argentina de sus ríos interiores, los interventores optaron por la fuerza, lanzaron su armada a la conquista del río Uruguay y apañaron las correrías del aventurero italiano Garibaldi, quien asalta las poblaciones costeras cometiendo toda suerte de tropelías en ellas. Rosas rompe relaciones con Francia e Inglaterra el 17 de setiembre. Al día siguiente, los representantes imperialistas declaran el bloqueo de todos los puertos argentinos.

Desde Francia, el general San Martín ofrecía sus servicios en defensa de la independencia amenazada. A la altura de San Pedro, el Paraná forma un recodo, cuya extremidad saliente se conoce como “punta o vuelta de Obligado”. Allí, el Paraná tiene cerca de 700 metros de ancho. En ese punto levantó sus principales baterías el jefe del departamento del Norte, general Mansilla. Además, hizo tender de costa a costa, tres gruesas cadenas montadas sobre 24 lanchones fondeados en mitad del río. Montó cuatro baterías; la primera, con seis cañones, llamada “Restaurador Rosas”, mandada por el mayor Alsogaray; la segunda, con cinco, llamada “General Brown”, al mando de Eduardo Brown (hijo del almirante); la tercera, con tres cañones mandada por Felipe Palacio; y la cuarta, llamada “Manuelita”, tenía siete cañones de marina y era comandada por Thorne. Servían estas baterías 160 artilleros y 60 de reserva.

Guarnecían a éstos, en primera línea, 500 milicianos de infantería mandados por Ramón Rodríguez; a la izquierda de éste, cuatro pequeños cañones dirigidos por el teniente Serezo; casi en el centro, 100 milicianos mandados por Gainza; en el centro mismo, 200 milicianos comandados por Virto; 200 milicianos de San Nicolás mandados por Barreda y dos pequeños cañones de Anzoátegui y de Maurice. A 100 pasos, apostados entre un monte, 600 infantes y dos escuadrones de caballería al mando de Julián del Río y del teniente Quiroga (hijo de Facundo); todos bajo las órdenes de Cortina; a retaguardia, los jueces de paz de San Pedro, Baradero y San Antonio con 300 vecinos, con la escolta del general Mansilla, integrada por 70 hombres a cargo de Cañete. Y la participación del bergantín “Republicano” con pequeños cañones, capitaneada por Craig.

Es decir, una fuerza heterogénea y débil que debió enfrentar a la poderosa flota imperialista. La batalla. A las 8.30 del 20 de noviembre de 1845, echa a andar la escuadra enemiga, Mansilla expide su proclama. A las 9 de la mañana, la vanguardia anglo-francesa rompe el fuego... la banda del batallón Patricios ejecuta el Himno Nacional Argentino. El general Mansilla, de pie sobre el merlón de la primera batería, invita a gritar ¡Viva la Patria! En las primeras horas, los cañones franceses hacen estragos en las primeras baterías argentinas. Sin embargo las de tierra logran poner fuera de combate a varias naves. A la 1 de la tarde, Craig dispara su último cartucho y desciende a seguir combatiendo en tierra. Finalmente, los anglofranceses rompen las cadenas. A las 3 de la tarde apenas quedan municiones. En la destrozada “Manuelita”, Thorne está rodeado de cadáveres, a las 5 de la tarde hace su último disparo cuando una granada enemiga lo voltea... “No ha sido nada” dice, pero ha quedado con un brazo roto y un golpe que le provocará la sordera.

A las 18, desembarcan los primeros botes con más de 300 hombres. Los defensores los esperan, aunque sólo pueden emplear armas blancas. Mansilla al frente de los Patricios, las milicias de San Nicolás y el batallón Norte cargan a la bayoneta y consigue arrollar a los ingleses y correrlos hasta los botes. Mansilla es herido en el estómago. El coronel Crespo lo sustituye y consigue mantenerse. El coronel Ramón Rodríguez con el batallón de Patricios realiza proezas, pero continúa el desembarco, son las 8 de la noche... Obligado ha caído.- Las bajas argentinas resultaron cuantiosas dado el heroísmo puesto de manifiesto: 250 muertos y 400 heridos sobre 2.160 combatientes. Los aliados perdieron 150 hombres y quedaron con serias averías varios buques. A pesar de la masacre perpetrada y de haber forzado el paso, los invasores cosecharon un grave revés en Obligado.

Llegaron con su escuadra hasta Paraguay, pero no lograron el objetivo de abrir al libre comercio la zona. Tuvieron graves problemas para evacuar el Paraná, porque fueron hostigados desde las costas. Rosas se prestigió por esa acción, incluyendo el reconocimiento del Libertador San Martín, que en su testamento le legó su sable corvo.

© La Voz del Interior

JUNIN LA BATALLA SIN HUMO

No hubo disparos de arma de fuego; fue una encarnizada lucha a sable y lanza.

Por Carlos Pachá Licenciado, Presidente de Fundación Historia y Patria

El 6 de agosto de 1824 se desarrolló el penúltimo enfrentamiento armado en pos de la independencia hispanoamericana. A pesar de que Perú había proclamado su independencia el 28 de julio de 1821, los españoles no tenían la menor intención de abandonar el otrora esplendoroso virreinato.

A esa altura de los acontecimientos, ya se había realizado la entrevista de Guayaquil, en la cual San Martín renunció a su gloria personal (abandonado por Buenos Aires y la nefasta política de Bernardino Rivadavia) a manos del ambicioso Simón Bolívar, a quien le puso a disposición tropas del glorioso regimiento de Granaderos a Caballo. Bolívar logró reunir un ejército de ocho mil hombres y los realistas, uno de 18 mil. Pero la sublevación de Pedro Olañeta en el Alto Perú obligó al virrey del Perú a distraer gran parte de sus fuerzas. En dicha circunstancia, Bolívar decide marchar hacia el sur del Perú a combatir al general realista José de Canterac.

Ambos ejércitos chocan ese día en la pampa de Junín, a más de cuatro mil metros de altura. Canterac en persona manda la caballería de los Húsares de Fernando VII y Dragones de la Unión y del Perú. El primero en lanzarse al ataque es el bravo general Mariano Necochea, con seis escuadrones de Granaderos montados y Húsares de Colombia y del Perú, y al grito de “¡Adentro, Granaderos!” acomete contra el grueso de las fuerzas realistas. Pero es un esfuerzo inútil: es el primero en caer, con las manos mutiladas y más de 14 heridas, algunas muy graves. Será capturado, al igual que el mayor José Valentín de Olavarría.

Eran las 4 de la tarde. La fuerza del número y la mejor disposición estratégica favorecieron a los realistas, que arrasaron a los dos primeros escuadrones patriotas, en feroz lucha, e hicieron volver grupas a los demás, que abandonaron en desorden el campo de batalla. El general Miller no pudo actuar, porque su caballería se había dispersado sin combatir. Entre los primeros que se retiraron se contó a Bolívar, quien “cruzó como un relámpago la distancia que los separaba de la infantería”. Los realistas trataron de aprovechar al máximo su ventaja y persiguieron a los que fugaban de manera tan desordenada como ellos y sin tomar la precaución de mantener la retaguardia cubierta por ninguna unidad de reserva.

En ese instante trascendental de la lucha, surgirá el verdadero héroe de esa jornada memorable: el teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, argentino, quien comandaba el primer escuadrón de Húsares del Perú, que había quedado de reserva, y mandó atacar a la retaguardia y el flanco izquierdo de las fuerzas perseguidoras. El factor sorpresa fue decisivo, ya que provocó el desconcierto de los realistas y los patriotas se reanimaron y pasaron de fugitivos a perseguidores y, en enérgica contraofensiva, sablearon y lancearon sin cuartel al enemigo. Mágica victoria. De manera inesperada, la derrota se había transformado casi en mágica victoria por imperio del heroísmo de Suárez, quien además rescató y salvó la vida del sangrante Necochea y de Olavarría.

Las heridas de Necochea fueron... ¡14!: cuatro sablazos en la cabeza; dos que le quebraron el brazo izquierdo, que debieron amputarle; una en la mano derecha que le inutilizó los tres últimos dedos; dos lanzazos en el costado izquierdo, uno de los cuales le perforó el pulmón, a raíz de lo que sufrió una concusión y falleció 25 años después; una estocada en el vientre y cuatro heridas más en los brazos.

Los cronistas de la época contabilizan las bajas de esa singular batalla de armas blancas de la siguiente manera: 248 muertos y heridos y 80 prisioneros para el bando realista y 143 muertos y heridos en las filas patrióticas. Bolívar los rebautizó como Húsares de Junín y hoy funge como Regimiento Escolta del Presidente de la República del Perú. Después de esto y de engoladas proclamas en donde Bolívar se acredita la victoria en una batalla que mal había dirigido, y luego de condecorar a Suárez, lo acusó de complotar en su contra junto a otros argentinos, cosa que nunca pudo demostrar, lo que provocó el destierro del verdadero hacedor de la victoria de Junín.

Junín tuvo mucha importancia, ya que el inesperado desenlace de la batalla desmoralizó a las fuerzas realistas, cuyos integrantes comenzaron a desertar y allanaron así el camino para la definitiva victoria patriota, materializada en la batalla de Ayacucho el 9 de diciembre del mismo año. Este triunfo lo acreditó el brillante Antonio José de Sucre, quien derrotó al virrey José de la Serna y al mismo Canterac.

El recuerdo, en Córdoba. En nuestra nomenclatura cartográfica, una importante calle de la ciudad de Córdoba rememoraba el decisivo hecho de armas; era el bulevar Junín, devenido en bulevar Illia en el centro y De la Plaza en San Vicente y 1° de Mayo, aunque mantiene aquel nombre en barrio Paladini, en el este de la ciudad. En tanto, ninguna calle recuerda al insigne Isidoro Suárez ni a José de Olavarría. Sólo registramos una calle Necochea en barrio Santa Catalina, sector lindante con barrio Oña y Villa Revol.

La ciudad y provincia de Buenos Aires, en cambio, le rinden honores designando ciudades y calles con sus nombres. Hasta el tango les ofrenda circunstancial homenaje, que verificamos en la letra del excepcional poeta Enrique Cadícamo en un fragmento del tema Tres amigos, cuando expresa: “Donde andará Pancho Alsina, donde andará Balmaceda, yo los espero en la esquina de Suárez y Necochea...” ¿Por qué en Córdoba omitimos los méritos de estos libertadores? ¿Será porque eran porteños? No lo creo, porque Bartolomé Mitre y Bernardino Rivadavia también lo eran y a ellos no se les mezquinaron halagos y ditirambos.

MARTINIANO CHILAVERT - PARADIGMA DE HEROE

Carlos Pachá Licenciado en Historia. Presidente de la Fundación Historia y Patria

Martiniano Chilavert nació en Buenos Aires en 1801 y, después de unos años, su familia regresa a España. El joven Chilavert retorna a Buenos Aires en 1812 junto con San Martín, Alvear y Zapiola. En Europa había realizado estudios matemáticos que prosigue en Buenos Aires incorporándose posteriormente, como cadete, al Regimiento de Granaderos de Infantería.

A comienzos de 1821, con la conclusión de los conflictos de la anarquía de los años ’20, Chilavert obtiene la baja del Ejército, retorna a los estudios siendo ayudante de la cátedra de Matemáticas del prestigioso Felipe Senillosa. Se recibe de ingeniero en 1824. Cuando Brasil declara la guerra a las Provincias Unidas, Chilavert se incorpora rápidamente al Ejército en 1825, ascendiendo a capitán al año siguiente, en el Primer Escuadrón del Regimiento de Artillería Ligera. Sirvió en la Batalla de Ituzaingó a las órdenes del coronel Tomás de Iriarte. En dicha acción de guerra, Chilavert es ascendido a sargento mayor en el mismo campo de batalla.

Al regresar a Buenos Aires ya se había producido el motín unitario de diciembre y el asesinato de Manuel Dorrego. Chilavert se adhiere al bando unitario que comandaba Lavalle, derrotado por Rosas y Estanislao López en Puente de Márquez. Marchó al destierro a la Banda Oriental. Al producirse la sublevación de Fructuoso Rivera contra Manuel Oribe, presidente de la Banda Oriental, se alista con el grado de coronel del ejército de Rivera.

En 1839, Chilavert llega a Montevideo, siendo reclutado por la emigración argentina en pleno desarrollo de la guerra contra Rosas. Chilavert llegaba enojado y decepcionado con Rivera por la incapacidad militar y desmanejos del caudillo oriental. En la sangrienta Batalla de Arroyo Grande (1842), Chilavert manda la artillería prodigándose y combatiendo con valor, pero el bravo ejército federal obtiene una trascendente victoria. Chilavert cae prisionero junto con el parque, bagajes y caballada.

En esa acción, Rivera huye cobardemente, arrojando su chaqueta bordada, su espada y sus pistolas para no ser reconocido. José María Paz comandó la defensa de Montevideo designándolo jefe de la artillería. Pero chocaba constantemente con los jefes de la plaza, especialmente con el general Pacheco y Obes, cuyas medidas de guerra comentaba y censuraba públicamente, por lo que lo arrestaron, pero a los pocos días logró fugarse, emigrando al Brasil.

“El cañón de Obligado”. En esa época tomó conocimiento del combate de la Vuelta de Obligado, donde las fuerzas argentinas enfrentaron a la poderosa escuadra anglo-francesa. Esto produjo una reacción inmediata en Chilavert. En mayo de 1846, Chilavert se dirigía al general Manuel Oribe, pidiendo el honor de servir a su patria, en los términos siguientes: “El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante, un solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y de gloria para ella...”. En diciembre de 1846, el general Oribe le contestó pidiéndole que se traslade a Cerro Largo.

A principios de 1847, Chilavert llegó a Buenos Aires y Rosas lo designó al mando de la artillería, para combatir el levantamiento de Urquiza. Chilavert ubicó su artillería en el palomar de Caseros, donde emplazó 30 cañones que apuntaban directamente a las fuerzas brasileñas provocándoles numerosas bajas. Chilavert resistió hasta la última munición; con 300 artilleros, “aguantó” durante toda la contienda a casi 12 mil brasileños, hasta que la superioridad numérica y el agotamiento de las municiones rindieron al bravo coronel.

Al ser hecho prisionero por el capitán José Alaman, éste tomó de la rienda el caballo que montaba. Chilavert le apuntó con su pistola y le dijo: “Si me toca , señor oficial, le levanto la tapa de los sesos, pues busco a un oficial superior a quien entregar mis armas”. Poco después llegó el coronel Cayetano Virasoro y, al verlo, Chilavert expresó: “Señor comandante o coronel, me tiene usted a su disposición”. Conducido a Palermo, fue reconvenido por Urquiza por su “defección”, a lo que Chilavert respondió “Mil veces lo volvería a hacer”. Esto desató la ira de Urquiza. “Vaya nomás...”, le dijo, pero ordenó que le pegaran cuatro tiros por la espalda, ejecución infamante que se propinaba a cobardes y traidores.

Llevado al paredón y cuando un oficial quiso ponerlo de espaldas para cumplir las órdenes de Urquiza, lo rechazó de un violento bofetón y luego, mirando al pelotón, les gritó: “¡Tirad, tirad aquí, que así mueren los hombres como yo!”. Sonó un tiro y Chilavert tambaleó, su rostro se cubrió de sangre pero manteniéndose de pie les repitió : “¡Tirad, tirad al pecho!”. Se produjo una lucha salvaje, espantosa: las bayonetas, las culatas y la espada fueron los instrumentos de martirio que finalmente vencieron a aquel león.

Envuelto en su sangre, con la cabeza partida de un hachazo y todo su cuerpo convulsionado por la agonía, hizo aun ademán de llevarse la mano al pecho. Esto sucedió el 4 de febrero de 1852, al otro día de la Batalla de Caseros, y desmentían la frase “ni vencedores ni vencidos” que tan mendazmente había proclamado Urquiza, quien no ahorró sangre de los vencidos. Francisco Castellote y su hijo Pedro, suegro y cuñado de Chilavert, fueron a implorar a Urquiza por la vida del sentenciado. Pero Urquiza fue insensible e, incluso, le negó cristiana sepultura. Sólo después de unos días les entregó el cadáver destrozado del heroico artillero.

Martiniano Chilavert fue un paradigma de héroe; corajudo, talentoso, patriota y eximio profesional, fue un artillero excepcional. Mas la historia “oficial” o liberal lo borró de su memoria. Actualmente, sus restos descansan en el Cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires, en una bóveda de la familia del coronel Argüello.

© La Voz del Interior

AHORA SON NUESTROS LOS FERROCARRILES

Carlos Pachá Licenciado en Historia. Presidente de la Fundación Historia y Patria

"Ahora son nuestros los ferrocarriles"
Esto anunciaba la cartelería en Buenos Aires y en algunas ciudades del interior, el 1º de marzo de 1948. Ese día en plaza Retiro, en un acto multitudinario, se hacía pública la toma de posesión de los ferrocarriles. La nacionalización abarcaba, además, a otras empresas de comunicaciones, depósitos bancarios, recuperación de los créditos externos, etcétera. Refiriéndonos exclusivamente al Ferrocarril, digamos que las negociaciones habían comenzado a principios de la década de 1940 pero sin resultados.

En 1946 se inician tratativas más firmes que apuntaban a una compañía mixta a través del pacto Eady-Bramuglia, pero a esto se opusieron los sectores nacionalistas del peronismo, destacándose Raúl Scalabrini Ortiz, integrante de Forja, optándose entonces por la compra directa. En diciembre de 1946 se adquirieron las empresas de capital francés. Había entrado en escena Miguel Miranda, ministro de Economía, empresario nacional que (afortunadamente) no había estudiado en Harvard. Los ingleses valuaban el ferrocarril en tres mil millones de pesos, Miranda respondió que el obsoleto material rodante no valía más de mil.

Finalmente, el 13 de febrero de 1947 se firma el contrato entre Montague Eddy, presidente de la empresa y Miranda. Argentina compra seis empresas importantes y cinco secundarias en 1.800 millones de pesos y otros activos y propiedades (empresas de transportes: Villalonga-Furlong y otras; puertos Dock Sud, Ingeniero White y otros; empresas eléctricas; hoteles (Alta Gracia); frigoríficos; aguas corrientes; edificios y terrenos en todo el país) por 190 millones de pesos. En total se pagaron 2.002 millones de pesos, o sea 150 millones de libras esterlinas. Muchas de las cuales se cubrieron con los fondos bloqueados que teníamos en Gran Bretaña y que gracias al plan Marshall que recibió Inglaterra, la libra no perdió convertibilidad. Además, estaba latente la idea de que Estados Unidos podría embargar los ferrocarriles como garantía del dicho crédito. Brama la oposición. Los opositores al gobierno lanzaron todo tipo de diatribas.

El embuste más difundido y más efectivo fue decir que la concesión estaba a punto de caducar. Esto es falso. Las concesiones eran a perpetuidad; lo que vencía el 1º de enero de 1947 era el privilegio inglés de no pagar aduana por los productos que importaban, tanto maquinarias como combustible. Precisamente, cuando nuestro país descubre petróleo, los ingleses se niegan a tender vías hacia la Patagonia porque implicaba una competencia a la importación de su carbón. Las leoninas facultades que tenían los concesionarios habían sido concedidas por el Congreso Nacional mediante la Ley 5.315, también llamada Ley Mitre. El 5 de agosto de 1907, el ingeniero Emilio Mitre, diputado, presentó un proyecto de 21 artículos que comenzó a debatirse el 11 de setiembre. El 25 lo aprueba Diputados y en cinco días lo promulga el Senado.

El pretexto de esta ley fue unificar las concesiones pero, en realidad, se apuntaba a ampliar el plazo de exenciones impositivas que gozaban las empresas. Luego de la nacionalización, algunos memoriosos desavisados, argüían que en la época de los ingleses los trenes llegaban a horario y eran cómodos y limpios. Esa era una parte de la verdad porque no cualquiera podía viajar en ellos por las onerosas tarifas que imponían las empresas, a las que les habían otorgado la facultad de diseñar nuestro mapa económico y tarifario. Tanto es así que en 1920, siendo gobernador de Buenos Aires José Camilo Crotto, mediante el decreto 3/1920, autoriza a los peones rurales a viajar gratis en los trenes cargueros, legalizando a los “polizontes”. Desde entonces, el término “croto” pasó a denominar en forma despectiva a los carecientes. El lucro económico dejó de ser el objetivo principal del ferrocarril, que se enfocó en la promoción comercial de los pueblos del interior del país.

Por donde pasaba el ferrocarril, crecían pueblos y donde se levantaban ramales, morían. Pero todo es efímero en la vida, luego apareció alguien que había leído la doctrina peronista al revés y los volvió a privatizar porque producían una pérdida de un millón de dólares diarios. Hoy los pocos que circulan generan la misma pérdida y ya no son nuestros...

© La Voz del Interior

JUAN BAUTISTA BUSTOS

En memoria de Juan Bautista Bustos

Carlos Pachá Licenciado en Historia. Fundación Historia y Patria (fundhispa@arnet.com.ar)

Juan Bautista Bustos nació en Punilla, provincia de Córdoba, el 29 de agosto de 1779, hijo de Don Pedro León Bustos de Lara y de Tomasa Puebla y Vélez, oriundos de Castilla La Vieja. Llegó a Buenos Aires en clase de capitán de milicias, del contingente tercio de Arribeños, con el que contribuyó su provincia natal para rechazar la invasión inglesa de 1806.

En 1809, el general Francisco Ortiz de Ocampo lo asciende a teniente coronel efectivo y entre los argumentos de tal mención hace referencia a lo actuado por Bustos en la campaña de reconquista de Buenos Aires y rechazo de la segunda invasión de 1807. Como ejemplo de su valor, Ortiz de Ocampo describe un enfrentamiento producido el 5 de julio de 1807 en el cual Bustos, al mando de 30 hombres del cuerpo de arribeños, enfrenta una columna inglesa de 240 efectivos a la que con valor y pericia logra rendirla y tomar prisioneros a 214 soldados y 13 oficiales.

Bustos siempre estuvo al servicio de la patria y fue recogiendo ascensos y medallas en base a su actuación personal: se adhiere a la Revolución de Mayo ni bien producida. En 1811, Belgrano lo asciende a coronel y lo incorpora al regimiento 1 de Patricios. En 1815, partió de Buenos Aires al mando de mil hombres para integrarse al Ejército del Norte que venía de sufrir la derrota de Sipe-Sipe. Rondeau fue reemplazado por Belgrano, quien restableció la disciplina en Tucumán donde contó con el invalorable apoyo de Bustos, que mandaba el cuerpo de soldados del 2 de Infantería Patricios.

Bustos pacificó Santiago del Estero de la sublevación comandada por el teniente coronel Juan Francisco Borges. En 1817 vino a nuestra ciudad con 300 hombres para frenar la avanzada santafesina, acción que concluyó exitosamente derrotando a Estanislao López en Fraile Muerto el 8 de noviembre. Sublevación de la Posta de Arequito. En enero de 1820, el Ejército del Norte es enviado hacia Buenos Aires por Belgrano, a pedido de Rondeau y para que lo auxilie contra el avance de los caudillos del litoral (López y Ramírez). Pero al llegar a la Posta de Arequito (7 de enero), Bustos, Paz y Heredia se sublevan contra su jefe, dividiendo al ejército.

Posteriormente se pusieron todos al mando de Bustos. Marchó hacia Córdoba, donde el 21 de marzo de 1820 será elegido gobernador. Se reconcilia con López y culmina el enfrentamiento con los santafesinos y se alinean ambos con Buenos Aires. Gobernador de Córdoba. Sostuvo el cargo de gobernador de Córdoba por 9 años y se puede afirmar que su gobierno fue fecundo, sin exagerar, el mejor gobernador de Córdoba de todo el siglo XIX: organizó la política y la Justicia. Se ocupó del progreso de la educación; renovó los planes de estudios universitarios y de la instrucción pública en general, creó la Junta Protectora de Escuelas; desarrolló la imprenta y la libertad de prensa.

El 20 de febrero de 1821 promulgó la primera Constitución cordobesa, adelantándose al resto del país. Propendió, en lo económico, a la libertad de comercio interior, pero protegiendo las industrias nacionales. Estableció un plan de administración de correos; fijó impuestos y tasas de Aduana; construyó obras de defensa y desagüe sobre el río Primero; levantó un puente sobre la Cañada a la altura de la calle 9 de Julio. Durante su gobierno se organizó el servicio de fronteras y el 31 de diciembre de 1824 se suprimieron los Cabildos de Córdoba, Río Cuarto y La Carlota. En la lucha independentista. En el ámbito nacional en destacada participación cultivó la amistad y el afecto de San Martín y de Güemes, a los que apoyó con hombres, armas, caballada y dinero.

Incluso, trató de interceder ante Buenos Aires para que le procuren al Libertador apoyo económico para su magna empresa. Pero su empeño naufragó ante el pérfido Rivadavia, dueño de la situación porteña. Bustos fue un acendrado defensor del federalismo y de la religión católica: su reconciliación con Estanislao López fue muy productiva, cuando éste pacifica la relación con Buenos Aires mediante el Pacto de Benegas, Bustos ofreció la garantía política del acuerdo proponiendo llamar a Congreso General Constituyente en nuestra provincia, cosa que se suscribe. Este plan naufraga por imperio de la mano negra de Rivadavia quien posteriormente citará en Buenos Aires a firmar el Tratado del Cuadrilátero con las provincias del Litoral, acción que devendrá en la frustrada Constitución unitaria de 1826 que fue rechazada por todo el Interior.

Para colmo, el sector rivadaviano aprovechó la contingencia y sancionó la ley presidencial, su "portaestandarte" volvía de Europa de recibir las instrucciones de sus mandantes y lo entronizaron en el sillón de Rivadavia, que desde ese momento será mal llamado "Primer presidente". El despropósito incoado por Rivadavia de firmar la paz a cualquier costo con Brasil (para proteger el comercio de ultramar con Gran Bretaña) luego que hubimos derrotado a los ejércitos imperiales en las gloriosas batallas de Ituzaingó y Juncal, provocaron el motín unitario del 1º de diciembre de 1828, cuyas funestas consecuencias fueron el inexplicable fusilamiento de Dorrego y el avance de Paz sobre Córdoba, que el 22 de abril de 1829 bate a Bustos en la batalla de San Roque, derrocando el gobierno federal y entronizándose de facto en dicho cargo. Facundo Quiroga acude a apoyar al gobernador depuesto, pero ambos son derrotados por el eximio estratega militar que fue José María Paz, en las batallas de La Tablada y en Oncativo.

El salto a la gloria. Luego de las derrotas sufridas, y con varias heridas, trata de alejarse camino a Santa Fe en busca de refugio. Lo sorprendió la noche cerca del río Primero. Próximo al Molino de las Huérfanas, lo avista y persigue una patrulla enemiga que le intima la rendición, trató de resistirse pero su brazo herido no pudo blandir su espada. Para colmo, era una zona en que la barranca del río se alza a bastante altura, cortándose casi verticalmente. Pero ese valeroso criollo no se entrega, vuelve grupas, le cubre a su caballo los ojos con un poncho, clavó espuelas, lanzando el animal a la carrera, y saltó desde el abrupto barranco hasta el lecho del río. El animal terminó horriblemente fracturado por el golpe y Bustos también sufrió graves consecuencias ante el impacto de su pecho contra la cabeza del equino. A pesar de sus heridas, Bustos gana la orilla y se refugia en una de las quintas de la costa donde atenuaron sus dolores.

Luego marchó a pie y hasta en carretilla hacia su destino final, Santa Fe, adonde arribó el 10 de julio siendo recibido por López, su otrora adversario, con el rango que Bustos merecía y dándole asilo como a toda su familia, que llegó después, desterrada por el insensible Paz que los persiguió y sumió en la pobreza confiscándoles todos sus bienes. Poco después, el 18 de setiembre de 1830, muere a los 51 años de edad a consecuencia de las considerables heridas sufridas. Sus restos fueron inhumados en predios del convento de Santo Domingo. Este gran adalid fue olvidado por la historia perversa que pregonaron los timadores de nuestra memoria, que abrevaron en la ideología unitaria y extranjerizante.

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ITUZAINGO - EL TRIUNFO QUE LOS POLITICOS DILAPIDARON

Carlos Pachá Licenciado en Historia. Presidente de la Fundación Historia y Patria

En 1816, las fuerzas luso-brasileñas ocuparon la Banda Oriental con la excusa de combatir los ataques de Artigas. En 1821, en un Congreso fraguado declaran la anexión de ese territorio como provincia Cisplatina.

La reacción uruguaya de rechazo a esa anexión es inmediata. Al comando de Lavalleja y de Oribe y con la financiación de Rosas, una treintena de hombres ejecutan la expedición de los 33 orientales, que invaden la campiña y comienzan a sublevar a los pueblos del interior de Uruguay, llegando a reunir una fuerza de mil hombres armados.

En el litoral argentino cunde el entusiasmo por esta empresa y constantemente, partidas de gauchos cruzan a la Banda Oriental, burlando la vigilancia de las fuerzas imperiales. El 25 de agosto de 1825 se reúne un Congreso en La Florida que nombra a Lavalleja generalísimo. El 12 de octubre de ese año logra la victoria de Sarandí y decide reincorporarse como provincia argentina. Ante estos acontecimientos, el imperio del Brasil declara formalmente la guerra, el 1º de enero de 1826. Comienzo de la guerra. Las Heras da instrucciones a Martín Rodríguez para que con el Ejército de Observación cruce el río Uruguay y se una a Lavalleja. Simultáneamente, Guillermo Brown fue nombrado almirante de la escuadra con el grado de coronel mayor y toma la iniciativa naval para impedir que la poderosa flota brasileña bloquee Buenos Aires.

Luego de diversas escaramuzas y treguas, en 1827 se produjeron las batallas decisivas de toda la guerra. El marqués de Barbacena reúne un ejército de casi 15 mil hombres integrado por riograndenses, brasileños y mercenarios alemanes. Argentina opondrá unos ocho mil.La relación es similar en la lucha naval. Pero nuestro ejército estaba comandado por una pléyade de jefes, veteranos de la guerra de la Independencia que habían revistado y formado en los ejércitos sanmartinianos: Carlos Alvear como comandante general; Lavalle, Olazábal, Brandsen (que muere en combate), Olavarría, Iriarte, Mansilla (el mismo de Obligado), Soler, Paz (con mil cordobeses), Nazar y hasta el mismísimo Luis Beltrán que tenía a su cargo el parque (arsenales).

Antes de Ituzaingó, en Bacacay, Lavalle derrota a Bentos Manuel el 13 de febrero y tres días después, Mansilla consigue otra victoria en Paso del Ombú. El 20 de febrero de 1827 chocan el grueso de los ejércitos en Ituzaingó o Paso del Rosario, como la llamaban los brasileños. El triunfo argentino será absoluto y dejará el saldo de 1.200 brasileños muertos (entre ellos el general Abreu), incontables heridos y muchos prisioneros; se capturó todo el parque; 10 piezas de artillería y la imprenta volante (en ella se encontró la partitura de una marcha militar que debía ejecutarse cuando los brasileños obtuvieran una gran victoria. A Alvear que, conocía de música, le agradó y la incorporó dándole el nombre de Ituzaingó. Fue interpretada por primera vez el 25 de mayo de ese año). Los argentinos sufrieron unas 500 bajas. Simultáneamente, en el río Uruguay, Brown encerró a las naves brasileñas y les infligió una grave derrota en la batalla de Juncal. Capturó 10 buques y echó el resto a pique.


Posteriormente hubo otros enfrentamientos menores como Camacuá en abril; Yerbal en mayo y un ataque a Carmen de Patagones que fue repelido por la guarnición y los pobladores. Argentina había prevalecido en el campo de batalla (de esto los brasileños tomarán desquite en Caseros, ya que demoraron el desfile de la victoria 17 días para hacerlo coincidir con la fecha de Ituzaingó). Políticos y diplomáticos. Rivadavia quería la paz a cualquier costo, ya que su interés coincidía con el de los comerciantes ingleses del puerto.

La guerra obstaculizaba el libre comercio. Además, necesitaba los ejércitos para reprimir al interior que se había sublevado contra la Constitución Unitaria de 1826. Por ello envió a Manuel García a lograrla de la mano de Canning y Ponsonby, que establecieron la falaz teoría del "colchón entre dos cristales", sofisma con el que segregaron a la Banda Oriental de Argentina, otorgándole la independencia total.

Fuimos a la guerra porque nos habían sustraído parte de nuestro territorio, triunfamos y el premio fue legalizar el despojo. Poco después, ante el airado reclamo de los pueblos del interior, Rivadavia "puso pies en polvorosa" y Manuel Dorrego debió, injustamente, "pagar los platos rotos".

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